Blogia
Gustavo Prieto

Mi Manchester #017

Me dijeron que no era habitual ese sol en Manchester, aún así, en la parada de autobús no me sobraba la chaqueta. Por suerte no esperé mucho tiempo, lo justo para que un camión de la basura recogiera los residuos del colegio de enfrente. Cuando se marchó, le seguí con la mirada y me topé con la llegada del bus.

En otras situaciones similares hubiera estado rechinando mis dientes o masticando la nada, como si tuviera un chicle, pero esta vez no. Aunque tampoco tenía tanta motivación como para coger el periódico gratuito y ponerme a leer, por lo que me mantuve sentado, hierático, observando a los transeúntes y preguntándome a dónde se dirigían. Tenía ganas de decirles que era mi primer día de trabajo.

Quizás les hubiera explicado que soy de la tierra del sol, de la fiesta, de la caña a media mañana y de ahí que me alegra el logro conseguido aquel día, pero de pronto me imaginé a uno de ellos, extrañado y mirándome de reojo que me preguntaría por qué lo había dejado atrás, esa tierra y esas cañas, lejos de la familia, y no me quedaría más remedio que interrupirle y decirle, perdone, pero me tengo que bajar. Es mi parada.
 
Caminé durante diez minutos desde el bus y al llegar al edificio le saludé con media sonrisa (tampoco hay confianza para más), y entré. Una simpática recepcionista se acordaba de mí porque no entendía mi nombre y se lo tuve que repetir, como la primera vez. Llegué puntual y aún así en la sala me esperaban la mujer de la compañía y otra chica que empezaba el mismo día. Una joven inglesa que no paraba de jugar con sus mangas de la camiseta, dando de sí el tejido como si quisiera cubrir el tatuaje que lucía en la mano.
 
Entonces empezó la retahíla de normas y protocolos expulsados por la boca de la mujer de recursos humanos. Gracias a la proyección de los infaustos powerpoint me enteré de que el propósito de la presentación era alcanzar un prolífico sueño. En el segundo descanso de la mañana hice lo mismo que en el anterior, despejarme la cara con agua para continuar la soporífera charla.
 
El sol seguía brillando al despedirse del día, aunque poco lo disfruté. Terminé exhausto de atender y leer en inglés la nomenclatura del buen comportamiento en la empresa. Al salir a la calle sentí un pequeño aire en mis piernas. Era la brisa del mar que me calaba los zapatos, o al menos así me lo imaginé, por lo que me quedé descalzo y metí los pies entre la arena, jugando y estirando mis dedos hasta dentro, respiré hondo y entonces me dije que así, se está mucho mejor, y me fui a mi casa.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres