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Gustavo Prieto

Mi Manchester #020

 

Tan solo han pasado dos semanas y esto empieza a ser una rutina, como mi blog, que pierde fuelle. He estado estos días despertándome antes que el reloj debido a los nervios por ir al trabajo, inquieto por no llegar tarde. Inexplicable por otra parte tras dormir seis horas. Pero ahora mi cuerpo ya se siente más tranquilo y me deja descansar. Porque ahora me levanto con aspavientos, cabreado y pensando: ¡Haber estudiado!
 
En la ducha pienso en los primeros años en Madrid, cuando también tenía que madrugar para ir a un trabajo alimenticio (dícese del empleo que no te aporta nada más que un sueldo). Allí me entretuve haciendo cositas de cine con el que pasar las horas libres, pero aquí es diferente.
 
Y es diferente porque no he venido aquí por los Petshopboys del jobcenter ni para limpiar habitaciones, sino para aprender inglés. Mi intención era apuntarme a un curso, pero no tengo tiempo. Como ya he contado, tengo dos proyectos en marcha con los que estoy trabajando y casi todas las semanas me reuno con unos u otros. Son mis clases particulares de inglés (algunos dicen que es la mejor forma de aprender el idioma) y en cierto modo cumplo con las cualidades básicas: writting, reading, speaking y listening.
Pero es difícil. Sobre todo cuando coges un cómic de niños y te das cuenta de que no conoces un montón de palabras.

Mientras tanto sigo limpiando habitaciones. Durante esta semana, esa rutina ha sido alterada gracias a mi primera propina en el hotel (un cliente me dejó cinco libras) y, sobre todo, al  estupendo regalo que me enviaron mis excompañeros de piso en Madrid. A pesar de ello mi cabeza no deja de pensar: ¡Haber estudiado!

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