Blogia
Gustavo Prieto

Mi Manchester #026

Chinatown, Manchester.

Recuerdo una anécdota que me pasó de crío (momento abuelo cebolleta), que se me quedó clavada el resto de mi vida. Tendría seis u ocho años y estaba con mis abuelos en una parada de autobús por el centro de Valladolid. Era de noche y estábamos solos en la marquesina. No paseaba nadie por la calle, excepto otra pareja de ancianos. Cuando llegaron a nuestra altura, nos dieron las buenas noches y mis abuelos les correspondieron con el mismo saludo. Esperando una respuesta afirmativa, les pregunté a mis abuelos que de qué les conocían y, para sorpresa mía, me respondieron que no les conocían, pero por educación, se saludaban.

Mi madre siempre me obligaba a decir gracias cuando el dependiente o el médico me daba una chuche. Aquí no sé exactamente cómo les habrán educado, pero durante dos semanas he subido en un ascensor con estudiantes y no me saludaba ni Rita. Ni siquiera un “hello”, por lo que pedirles un “good morning” podría ser demasiado. Pero al loro. A ti que te ven todos los días en el mismo bloque no te saludan, en cambio sí se despiden del conductor del autobús.
 
La gran mayoría de la gente en Manchester da las gracias al conductor del autobús cuando se bajan en su parada. “cheers, man”, dicen bien alto antes de salir del vehículo. Incluso los ebrios que no pueden artícular bien su nombre, sacan sus fuerzas para agradecer el viaje al señor conductor. (Aquí los autobuses solo tienen una puerta, por lo que te bajas por la parte delantera).
 
A mis compañeros de piso, cuando llegaron a Manchester, les pasó algo también curioso. Estaban en la puerta de casa, de noche, pelados de frío, esperando al casero a que les trajera las llaves, y nuestros vecinos, les sacaron un par de tazas de té y se volvieron a encerrar en su casa. Supongo que ese día dormirían de puta madre por la buena acción del día. El hombre le diría a la mujer, este domingo no hará falta darle dinero al pobre de la iglesia (!). (Es el mismo señor que salió escopetado el día que estaba haciendo fotos de mi calle para preguntarme por qué había hecho fotos de su casa).
 
A la hora de buscar trabajo te encuentras con respuestas similares. Supongo que viene por esta nueva moda de las grandes empresas que van de buen rollito. Hace poco me enviaron un email una cadena muy famosa de fast food para decirme (en cuatro párrafos) que no había conseguido el puesto de trabajo, pero, si no me importaba, me daban un test para que les dijera “qué tal había ido el proceso de solicitud”.
 
Vayamos por partes. Señores del mal llamado recursos humanos. Después de rellenar un formulario con mis datos, preguntando hasta el color de mi piel, el historial laboral... No conformes con eso, me hacéis un test de actitud en el trabajo de cuarenta preguntas. En definitiva, para un solo trabajo donde tienes que hacer hamburguesas, tengo que dedicar veinte minutos. Para rematar, no me elegís, pero me pasáis otro test para saber cómo ha ido el largo y tedioso formulario (!)
 
Esto son anécdotas negativas, pero también he tenido muy buenas. Como el otro día, que me confundí de número de autobús para venir a casa y el señor conductor tuvo la paciencia para entenderme en qué barrio vivía. Como le debí de dar pena, cuando le fui a pagar me guiñó el ojo y me dejó pasar. Después de varias paradas, me avisó para que me bajara y ahí es cuando le dije: “Thank you, so much”.
 
Nada más despedirme del conductor, ya en la calle, una chica que se bajó del mismo autobús, me preguntó a dónde iba y en mitad de la explicación me dijo: “¿Hablas español?”. Pues sí, le contesté, extrañado. La chica era negra, de Angola, sabía tres idiomas y este verano se va de vacaciones a Málaga. Éramos vecinos de barrio, por lo que en el camino me hizo un esquema de su vida y al llegar a una esquina, se despedió de mí con una sonrisa. Fue un adiós, teñido de hasta siempre, de una desconocida.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres