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Gustavo Prieto

Mi Manchester #031

 

La primera vez que llegué a Madrid, viví durante un mes en un piso de un amigo, después cuatro años en el centro de la capital y poco después en la zona del rastro. Ahora estoy por tierras inglesas, en mi segunda casa. A pesar de tanto cambio, de lo que no he escapado son de las costumbres. Mi cuerpo, esté donde esté, se acomoda y empieza a tener rutinas.

 

Después de más de dos meses en el hotel mi cuerpo se despierta a las seis y media de la mañana (antes que el despertador). Y si es fiesta y no tengo que madrugar, también. El reloj biológico se ha quedado marcado. Me gustaría encontrar el botón de off para algunas ocasiones.
 
Mi rutina incluye la ducha, el té con leche y coger el autobús, casi siempre, con la misma gente: está la mujer negra, bien maquillada, con faldas que marcan su silueta y tacones, que me mira de reojo si me aventuro a sentarme a su lado; o el vagabundo que coge el bus dos paradas más adelante que yo. Solo los domingos. Tiene billete semanal (once libras), pero no tiene máquina de afeitar. Su ropa no esta echa jirones, ni mucho menos, solo está vieja y manchada. Tampoco se ducha, por lo que cada vez que entra en el bus te invade el olor a meado y sudor.
 
Al que veo cada mañana es a un hombre regordete y canoso sentado en la terraza del Café Nero. Haga frío o calor (?) cada día está allí con dos cocacolas, hablando solo y riéndose. En ocasiones les dice algo a los transeúntes, sin dejar de mostrar su dentadura. Su rutina se ha hecho mía también. Mi cabeza gira cuando el bus llega a la curva. Necesito verle, saber que sigue ahí al fresco y con mi mirada le saludo para decirle hasta mañana.
 
No me puedo olvidar de las dos amigas orientales, estudiantes de algo, que los domingos van a alguna parte del gran campus universitario. O la mujer con ojos claros. Esa va entre semanas por la misma zona que las dos chicas. Es atractiva, con pelo corto y rubio. Se baja en frente del Café Costa...
 
Después del trabajo todo cambia. Cada vez cojo un autobús diferente y envidio las mañanas, y sus rutinas, sus gentes hasta que llego a casa. Entonces es como si me acabara de levantar, me vuelvo a duchar, me tomo mi té con leche y me siento... esta es la mejor de todas las rutinas.

Aunque no se cuanto durara, porque estoy pensando en cambiarme de casa.
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