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Gustavo Prieto

Mi Manchester #035

 

 

Las fotos de las catedrales se pierden y se olvidan en ese océano de click’s que ametrallamos en los viajes. Son como los granos de arena que acaban posándose junto al resto en el fondo del mar. Y suspendidos en el oleaje quedan contados recuerdos, momentos específicos, en definitiva, lo que no se olvida, como la cerveza en la terraza de Chester en el que arreglamos el mundo.
 
Mis compañeros de casa se vuelven a su país, a continuar con su vida. Hemos pasado tan solo seis meses conviviendo lejos de nuestras raíces y compartiendo esta nueva experiencia. Se van y apenas he aprendido italiano y cuatro recetas de pasta. Ni mucho menos me ha ayudado a mejorar mi inglés, pero ha merecido la pena.
 
No tengo prisa. Estoy en mi camino, viviendo y conociendo a gente. Aprendiendo de otras vidas y otros puntos de vista. Confirmando que el mundo ni es blanco ni negro. Lejos queda aquella noche en la que me presenté acongojado buscando mi nueva casa y ellos tras intercambiar dos saludos me dieron su teléfono.
 
Podría parecer que siendo del sur de Europa, donde nos une el mediterráneo, crea lazos de unión más estrechos, pero no. Ellos son de Venecia y yo de Valladolid. No sé qué impulsa a que unas personas calen más que otras. He convivido con bastante gente, de diferentes nacionalidades, muy diferentes entre ellos, pero tengo la seguridad de que si les juntara a todos en una gran cenorra nos lo pasaríamos genial.
 
Como he dicho, se van. Su futuro continúa en otro lugar y yo me quedo aquí, esperando el mío, escribiendo y recordando el buen tiempo que hemos pasado juntos.
 
En la película “Into the wild”, dicen que los mejores momentos de la vida los pasas acompañados. Estoy de acuerdo con ello, pero no sé por qué, de vez en cuando, me gusta tanto la soledad.
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