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Gustavo Prieto

Mi Manchester #025

 

 

Sigo alucinando con los vídeos que aparecen de los Mossos D’esquadra, en Barcelona, antidisturbios regocijándose por el facebook, pero mi vida continúa en el hotel, y no puedo evitar escribir sobre ello.
 
 
Cuando estaba apunto de dejar el colegio para pasar al instituto (es decir, de EGB a BUP) descubrí los libros de Astérix. Eran unos tomos enormes donde venían varios episodios y los engullí uno tras otro. A los pocos días ya conocía a todos los personajes, porque cada uno tenía su peculiaridad... Obélix, el forzudo, y su perro Milú, el jefe que siempre iba transportado por dos enquencles, el mago, etc... Era un pueblo pequeño, como el hotel donde trabajo.
 
Mis compañeros se han hecho eco de la discusión que tuve con la mujer, que no quería que tocarán su trolley. En concreto una supervisora me ha dicho literalmente que no le haga ni caso (Mad woman!). Parece que no soy el único que ha tenido roces con esta señora.
 
Jenny, la canaria que me enseñó las tareas los primeros días, también fue advertida. Me lo contó asustada al recordar aquel episodio. Ella es la única española que me encuentro algunas veces, pero como tiene media jornada, no la veo mucho.
 
De la escocesa ya he hablado, lo que no he dicho es que es un encanto. Siempre parece estar de buen humor, incluso cuando suelta algún “Fuck off”. Me gustaría entenderla más porque nos llevaríamos muy bien.
 
Jimmy es un hombre de mediana edad, siempre con una sonrisa en la cara y unos ojos que te miran con agradecimiento. El primer día de training me saludó, me dio un apretón de manos y me preguntó por el fútbol (Bendito deporte que rompe barreras de idiomas). Estaba emocionado porque creía que el Manchester iba a ganar la final de la copa de europa.
Él trabaja como Porter, que es quien recoge las sábanas y toallas sucias que nosotros, los housekeeper, quitamos de las habitaciones (entre otras tareas).
Tiene un acento muy cerrado, pero él tiene paciencia para repetirme las palabras. El domingo pasado me quitaba las sábanas de las habitaciones antes de que yo llegara. Un trabajo extra que hizo porque le caigo bien. Porque he hablado con él de fútbol. Porque le doy la mano cada mañana y le deseo un buen día.
 
Jimmy me hace sentir bien en Manchester. ¡Gracias Jimmy!

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Mi Manchester #024

Mientras dan palos en Barcelona, las acampadas se desatan en España y por aquí organizan asambleas... para calmar los ánimos, os recomiendo una visita al Manchester Art Gallery.

Está en pleno pulmón de la ciudad junto a la Chinatown, al lado de Picadilly. Como buen museo inglés es gratis y te dejan hacer fotos en casi todas las salas. No es muy grande, un tanto aburrido, pero siempre encuentras algo interesante.

Nada más entrar te encuentras con la tienda, que al igual que el título del documental de Banksy también es la salida. Hay dos salas de arte Mancuniano. Nada trascendental.

Tiene dos plantas. En la primera hay una retahíla de cuadros y jarrones victorianos, pre-raphaelistas, y dos partes divididas entre el siglo diecinueve y el dieciocho. (La foto anterior pertenece al cuadro "The chariot race" de Alexander Von Wagner que data de 1882). 

En el segundo ala de esta misma planta, hay una exposición de arte contemporáneo y una galería que llaman interactiva, porque hay varios juegos y maquinitas para que el espectador aburrido de ver tantos cuadros se entretenga un poco tocando todo. Allí dejé mi aportación como expliqué en un post anterior.

 

La segunda planta es más pequeña. Allí encuentras las esposiciones temporales donde no se pueden hacer fotos. Salas enormes con arte actual del que resumiré con un "WTF?".

Para más información visiten su web.

Mi Manchester #023

 

Aquí no somos ajenos a la ya famosa #spanishrevolution. En Manchester seguimos con entusiasmo el movimiento. Si antes no tenía tiempo, ahora estoy consumido por los nervios porque mi ordenador va lento y no puedo editar el vídeo que grabé. 

Por mi parte, deseo que esta acampada no se desvirtúe y, gobierne quien gobierne, que lo haga en una democracia restaurada. En una democracia 2.0. En una democracia real.

Mi Manchester #022

Un minuto de Manchester

 

Parece que el cuerpo aguanta y las agujetas van desapareciendo. Mientras tanto, en esta semana, he recibido mi primera nómina, me han confirmado los días para viajar a España y he discutido con una compañera de trabajo.
 
Voy a intentar resumir los detalles de mis tareas para explicar la discusión con mi compañera. Los nuevos estamos para sustituir a la gente que lleva más tiempo, por lo que no tenemos el trolley propio y, en función del piso que te toque, usas el de un compañero que no está. En dicho trolley tenemos los cajones para meter sábanas, toallas, etcétera.
 
Cuando terminas tu tarea, lo lógico es rellenar el trolley. Como yo cojo uno diferente cada día, intento dejarlo bien siempre. Pero resulta que tenemos una señora que no quiere que se coja su trolley. Literalmente tiene un cartelito con la advertencia (Como si fuese suyo). El problema es que si te toca limpiar los pisos donde está su trolley y ella no está, no es lógico coger uno de otro piso.
 
En definitiva, cogí su trolley porque la supervisora me lo dijo (también me advirtió de que la señora siempre se quejaba por ello, por lo que estuve prevenido para el día siguiente).Y así fue, la señora me vino como un gallito diciendo que no cogiera su trolley porque se lo encontró vacío (Liar!). En fin, uno ya no aguanta mucha tontería, así que le dije que si tenía cualquier problema que hablara con la supervisora (Hasta ahora nadie me ha dicho ni mú y la señora tampoco. Veremos qué pasa cuando vuelva a coger otra vez su trolley).
 
Pero es un caso excepcional. Allí todos están para ayudarte y tienen mucha paciencia con mi inglés. Lo normal en un trabajo duro, aunque entre semana se lleva mejor los domingos son demoledores.
 
Todo el mundo está como loco y los clientes son unos holgazanes. Los que vienen entre semana se portan bien, pero el sábado es día de fiesta y duermen la mona hasta las mil. El mayor problema es que sacas mucha basura de las habitaciones. A todo el mundo le da por beber cerveza y comer pizzas. (Esto es lo que más me sorprende. Te gastas una pasta en dormir bien, pero comes de un takeaway...). Bendito día del señor.
 
La mejor noticia de esta semana es que me han confirmado los día en junio para visitar a mi familia en un viaje relámpago de cinco días.

Mi Manchester #021

 

Ayer estuve en el Manchester Art Gallery e hice mi aportación al mundo de las artes. ¿Adivinan cuál es mi dibujo?

 

 


Mi Manchester #020

 

Tan solo han pasado dos semanas y esto empieza a ser una rutina, como mi blog, que pierde fuelle. He estado estos días despertándome antes que el reloj debido a los nervios por ir al trabajo, inquieto por no llegar tarde. Inexplicable por otra parte tras dormir seis horas. Pero ahora mi cuerpo ya se siente más tranquilo y me deja descansar. Porque ahora me levanto con aspavientos, cabreado y pensando: ¡Haber estudiado!
 
En la ducha pienso en los primeros años en Madrid, cuando también tenía que madrugar para ir a un trabajo alimenticio (dícese del empleo que no te aporta nada más que un sueldo). Allí me entretuve haciendo cositas de cine con el que pasar las horas libres, pero aquí es diferente.
 
Y es diferente porque no he venido aquí por los Petshopboys del jobcenter ni para limpiar habitaciones, sino para aprender inglés. Mi intención era apuntarme a un curso, pero no tengo tiempo. Como ya he contado, tengo dos proyectos en marcha con los que estoy trabajando y casi todas las semanas me reuno con unos u otros. Son mis clases particulares de inglés (algunos dicen que es la mejor forma de aprender el idioma) y en cierto modo cumplo con las cualidades básicas: writting, reading, speaking y listening.
Pero es difícil. Sobre todo cuando coges un cómic de niños y te das cuenta de que no conoces un montón de palabras.

Mientras tanto sigo limpiando habitaciones. Durante esta semana, esa rutina ha sido alterada gracias a mi primera propina en el hotel (un cliente me dejó cinco libras) y, sobre todo, al  estupendo regalo que me enviaron mis excompañeros de piso en Madrid. A pesar de ello mi cabeza no deja de pensar: ¡Haber estudiado!

Mi Manchester #019

Foto en Liverpool

 

Dos meses que han pasado volando (me imagino escribiendo lo mismo dentro de un año). Las circunstancias están cambiando y el network crece poco a poco. Mi última sorpresa ha sido recibir la llamada de un fotógrafo profesional con el que voy a trabajar en futuros proyectos (espero que muchos), lo más reciente puede ser un videoclip. No tengo tiempo, pero si es por esto, que no cambie.
 
La primera semana en el hotel fue de training, pero la segunda ya he trabajado solo. Mi espalda se ha acostumbrado, pero mis gemelos están con agujetas. Al final se acabarán acostumbrado que no significa que no me preocupe. Esto es igual que comprarse unos zapatos nuevos. Te duelen al principio y tu madre te dice que se tienen que hacer. Me imagino que se refiere a hacer papilla y, una vez que el pie se ha amoldado al cuero, deja de sentir el dolor (pero el dolor está ahí, acojonado, por eso no lo notas).
 
El trabajo es sencillo, pero no paras de moverte. Limpieza de baños, cristales, cambio de sábanas y toallas, reponer tés, secar ducha, etc... Todo en media hora. En general, terminas justito de tiempo, a no ser que te encuentres con una leonera por habitación y entonces te pasas de horas. El pasado martes fue así, hice una hora extra, pero no la pagan a no ser que haya sido algo excepcional, por lo que es mejor no comerse mucho el coco, ponerse el canal de música en la tele y terminar cuando puedas, porque el cuerpo, tras varias horas empieza a notar el esfuerzo.
 
A pesar de este gran esfuerzo, me da vergüenza confesar que todavía no he trabajado ocho horas seguidas. El contrato que me hicieron es de cero horas, que significa que cada día trabajaré más o menos en función de los clientes que haya. Sé que trabajando cinco horas diarias me llega para pagar las bill y tomarme unas pintas, por lo que me da tiempo para descansar y conocer más gente.
 
Como el fotógrafo. Un día a primera hora de la mañana recibí un sms diciendo que si quería algo de trabajo como operador de cámara, así que me puse en contacto con él y, de momento, le he grabado un vídeo en la inauguración de una exposición de fotos que hizo el otro día. Nada especial, aunque después del trabajo en el hotel por la mañana y toda la tarde grabando el vídeo, terminé muerto, pero con una extraña sonrisa en mi cara.

 

Mi Manchester #018

 

Un minuto de Liverpool

Ya lo decía la canción “es una lata... el trabajar...”. Me voy a centrar en mi primera semana dando el callo limpiando habitaciones en el hotel.
 
El primer día no fue el lunes, ya que el induption solo fue una muestra de la doble realidad de las grandes empresas, como por ejemplo que me dieran las camisas a las que les faltaban algunos botones bastante visibles (me defiendo con la limpieza, la cocina y, un poco, con la plancha, pero coser...).
 
Aquel lunes lo más destacado fue enterarme de que iba para cuatro horas y al final fueron ocho. La mitad del tiempo estuve frente a un ordenador respondiendo a un estúpido test. Lo curioso no fue que se alargara aquel tostón, sino que a las seis de la tarde, la chica de recursos humanos se cambió de ropa, se puso de sport y se fue a correr con una compañera sin decirme nada. Yo me quedé a cuadros, porque aquel test iba para largo. Media hora después, la chica vino fatigada y colorada y me dijo que podía dejarlo sin terminar y que me fuera a casa (?).
 
Durante estos días he estado de training con Jenny, la chica española con la que hice el trial day. Como la tarea es limpiar el baño y hacer la cama, nos turnábamos en las labores y fue bastante cómodo. Hay que hacer una habitación cada media hora, por lo que estos días ha sido más relajado, ya que aquí pagan por hora y no era cuestión de terminar antes. De este modo, cuando toca hacer diez habitaciones, las tienes que hacer en cinco horas, pero si son dieciséis, son ocho más la media hora de almuerzo.
 
Sí, dan de comer, pero a las doce y media, o una. No me puedo quejar de momento de la comida, pero el otro día, llegué casi al último plato. Menos mal que algunas personas no son muy glotonas como yo o, incluso, se llevan sus propios sandwiches. No sé quién calcula la cantidad, pero debería de dar clases de matemáticas.
 
Como es un hotel, no cierra ningún día, por lo que aquí toca pringar los fines de semana y descansar dos días a la semana que elija la supervisora. Se llaman days off y esta semana lo tuve el viernes, por lo que he aprovechado para irme con mis compañeros de piso a Liverpool.
 
Tengo agujetas en las piernas y la espalda empieza a recuperarse, pero es duro el trabajo. En compensación, puedes escuchar la música mientras limpias. En cuanto a los compañeros he de decir que tienen mucha paciencia con mi inglés. Chapó. A pesar de que una de ellas (escocesa, para más señas de Glasgow) me pronuncie ocho como /it/, en vez de /eit/ como uno ha aprendido en la escuela.

Mi Manchester #017

Me dijeron que no era habitual ese sol en Manchester, aún así, en la parada de autobús no me sobraba la chaqueta. Por suerte no esperé mucho tiempo, lo justo para que un camión de la basura recogiera los residuos del colegio de enfrente. Cuando se marchó, le seguí con la mirada y me topé con la llegada del bus.

En otras situaciones similares hubiera estado rechinando mis dientes o masticando la nada, como si tuviera un chicle, pero esta vez no. Aunque tampoco tenía tanta motivación como para coger el periódico gratuito y ponerme a leer, por lo que me mantuve sentado, hierático, observando a los transeúntes y preguntándome a dónde se dirigían. Tenía ganas de decirles que era mi primer día de trabajo.

Quizás les hubiera explicado que soy de la tierra del sol, de la fiesta, de la caña a media mañana y de ahí que me alegra el logro conseguido aquel día, pero de pronto me imaginé a uno de ellos, extrañado y mirándome de reojo que me preguntaría por qué lo había dejado atrás, esa tierra y esas cañas, lejos de la familia, y no me quedaría más remedio que interrupirle y decirle, perdone, pero me tengo que bajar. Es mi parada.
 
Caminé durante diez minutos desde el bus y al llegar al edificio le saludé con media sonrisa (tampoco hay confianza para más), y entré. Una simpática recepcionista se acordaba de mí porque no entendía mi nombre y se lo tuve que repetir, como la primera vez. Llegué puntual y aún así en la sala me esperaban la mujer de la compañía y otra chica que empezaba el mismo día. Una joven inglesa que no paraba de jugar con sus mangas de la camiseta, dando de sí el tejido como si quisiera cubrir el tatuaje que lucía en la mano.
 
Entonces empezó la retahíla de normas y protocolos expulsados por la boca de la mujer de recursos humanos. Gracias a la proyección de los infaustos powerpoint me enteré de que el propósito de la presentación era alcanzar un prolífico sueño. En el segundo descanso de la mañana hice lo mismo que en el anterior, despejarme la cara con agua para continuar la soporífera charla.
 
El sol seguía brillando al despedirse del día, aunque poco lo disfruté. Terminé exhausto de atender y leer en inglés la nomenclatura del buen comportamiento en la empresa. Al salir a la calle sentí un pequeño aire en mis piernas. Era la brisa del mar que me calaba los zapatos, o al menos así me lo imaginé, por lo que me quedé descalzo y metí los pies entre la arena, jugando y estirando mis dedos hasta dentro, respiré hondo y entonces me dije que así, se está mucho mejor, y me fui a mi casa.

Mi Manchester #016

Buscar trabajo. Encontrar el anuncio que crees que encajas. Enviar el currículum. Recibir una llamada. Hacer la entrevista. Hacer el trial day (la prueba). Decirte que te vuelven a llamar. No lo hacen. Volver a empezar.

Hace dos semanas hice varias entrevistas de trabajo, pero realmente la primera fue excelente, el resto no fueron ni la mitad de bien. La tercera fue en un hotel donde me hizo la entrevista un hombre con una sonrisa grapada a su cara y un block de notas pegado a una mujer. Me llevaron por un largo pasillo a una salita y empezó el acribillamiento. El hombre fue el único que preguntaba mientras la mujer escribía cada movimiento que yo hacía (muy parecido a los Monty Pyton).
 
El  hombre de la sonrisa grapada me decía que todo iba bien, pero la mujer era como un café frío y amargo. Estuve nervioso y, para remate, me hicieron varias preguntas estúpidas sobre hipotéticas situaciones durante el trabajo (?). Desorientado, aturdido y apenas sin saliva, salí de la entrevista sabiendo el resultado.
 
Y así fue como empecé el lunes. Con un email de este hotel diciéndome amablemente que no, pero que me deseaban lo mejor en el futuro. Por fortuna, tenía que hacer otra entrevista, o al menos es lo que yo creía. Cuando me acerqué al lugar de la cita me di cuenta de que era en un centro cívico (como los de España, un lugar donde dan cursos y ayudas a los vecinos del barrio. Interesante). Tuve que rellenar un formulario de registro y empezó la odisea para entender a la mujer que me atendía. Después de un rato intentando explicarme los pasos a seguir, me dio un montón de papeles para solicitar un trabajo de cleaner. Me lo llevé a casa para rellenarlo dado que eran unas diez hojas que la mujer me fotocopió.
 
El martes era el día que me iban a llamar los de la primera entrevista, pero lo hicieron el miércoles. Me citaban para el día siguiente para hacer un trial day. Después me enviaron un email explicándome que iban a ser tres horas de housekeeper unpaid.
 
El trial day fue con una española, de canarias para más señas, con una larga melena morena, que me enseñó las tareas que había que hacer: limpiar una habitación cada media hora. Ella trabajaba cinco horas (?), aunque había sido por decisión propia. Me contó que tenían mucha flexibilidad en cuanto a los horarios y que los compañeros eran muy simpáticos. Cuando terminé el trial day hablé con una supervisora de Housekeeper y ahí es cuando me hice ilusiones. En la rota (tabla de la semana siguiente) ya me habían puesto mi nombre. La mujer me explicó que tenía que ir el lunes y así hice.
 
¿Cómo no me iba a hacer ilusiones? El fin de semana estuve tranquilo. Animado. Ilusionado. Hasta que llegó dicho día. Me presenté a primera hora para que me dijeran que hubo una confusión y que me volverían a llamar ese mismo día o el martes. Pero no llamaron ninguno de los dos días, lo hicieron el miércoles tras enviarles un email preguntando si se habían olvidado de mí (en estas situaciones no sabes qué pensar, si se lo toman mal o bien). Salió bien. Me llamaron inmediatamente y cuando les pregunté si tenía el trabajo me contestaron: Absolutely. Empiezo el lunes.

Mi Manchester #015

Soy muy prudente, por lo que no quiero hablar del trabajo hasta que no firme un contrato. De momento, estoy en plenas pruebas de ingreso para Housekeeper, o sea, limpieza de habitaciones. Voy a ser toda una señora Rotelmeyer. El efecto ha sido saludable y me ha hecho relajarme, por lo que he pasado de la incansable búsqueda de trabajo por un día y he ido por cuarta vez al The Manchester Museum para hacer unas fotos. La entrada es gratuita y es agradable visitarlo siempre y cuando no haya una excursión del colegio.

La primera sala está en el primer piso donde te atiende un enorme esqueleto de Mamut. Es muy amable y servicial, y posa para los retratos como un buen artista. Dejando atrás a este enorme mamífero encuentras el Living Cultures & Archerys, que como su nombre indica hay un montón de arcos, flechas y moda retro de tribus ancestrales.

La más interesante a nivel personal es otra sala adyacente donde está el Ancient Egypt (Es temporal y termina en mayo), por lo que la intentaré disfrutar algún día más. Momias y cultura egipcia a tope. 

En un piso más abajo puedes visitar el Pre-historic Life, donde está el Parque Jurásico en pequeño y el esqueleto de un Tyrannosaurus. ¡Fantástico! (También hay una sección de minerales, pero cuando ves al amigo Rex, las piedras no te dicen mucho).

El museo es pequeño y lo puedes ver tranquilamente en menos de dos horas. Advertencia para españoles, cierra a las cinco de la tarde. Se sitúa en pleno vorágine estudiantil de la Oxdford Road. Para más información aquí.

Por último, os dejo con un vídeo de otra las partes imprescindibles del museo. Está en la segunda planta, el Live Animals:

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Mi Manchester #014

 

Antes de venir a Manchester pedí ayuda a varios amigos para hacerme el currículum vitae (C.V. para ellos, el término latín no lo entienden) porque aquí, a parte de estar en inglés, es diferente. Hay que contarles que eres una buena persona y que vas a dorarles la píldora cuándo y dónde quieran.
 
La búsqueda de trabajo es una batalla en varios frentes, uno es internet y otro en la calle. Este último es sencillo y merece la pena vivir la experiencia. Hablas con la gente e incluso te dan consejos, como en un bar de tapas españolas, el chico, también español, me dijo que su jefa estaba buscando a alguien. Me preguntó por mi inglés, le dije que bien, que por ahí andaba, y, justo antes de irme, me recomendó que me afeitara, que a su jefa le caería mejor si se diera el caso.
 
En internet hay mil webs de búsqueda de trabajo, pero la que ofrece el propio jobcenter es inmejorable. Salen ofertas todos los días y de todo tipo, muy de calle, no como las de infojobs (¿alguien ha conseguido trabajo con esa web? Yo sí, para una ETT). Aquí no, son empresas a las que puedes enviar el c.v. por email o llamarles.
 
LLAMARLES. Las primeras llamadas que hice me entraba el pánico, ya no. No tienes nada que perder. A algunos les entiendes y a otros no, pero al final todo depende de la paciencia que tengan ellos y de tu nivel de inglés. En una ocasión, una chica terminó partiéndose de risa porque me había repetido la pregunta unas cuatro veces y seguía sin entenderla, así que yo también me reí, ¿qué iba a hacer?
 
Como digo, las ofertas del jobcenter son muy variables y eficaces. Luego están las empresas que tienen su propia web donde puedes aplicar y ver qué trabajos ofrecen. Como son todas  las tiendas de ropa (H&M, Zara, Primark), fast food (McDonald, KFC) y supermercados (ASDA, Lidl). Sin duda, la que se lleva el récord de pesadez es la web del ASDA.
 
En casi todas te preguntan todos los datos del c.v., pero no quieren que se lo envíes por email, sino que rellenes su estúpido formulario. Después, están los cuestionarios. En el McDonald te preguntan si te gusta tocarte la barriga durante las horas muertas, en el Primark tienes que resolver problemas matemáticos y en el ASDA... pues ya no me acuerdo, pero fueron como cuarenta preguntas o más.
 
En todas te preguntan tu raza y religión, porque puede suceder (no recuerdo dónde fue, pero es verídico) que tus creencias espirituales puedan coincidir en horario laboral. No sé cómo funcionará, pero supongo que te darán quince minutos de lunch y otros quince para el rezo. También, muy importante es dar referencias de trabajos anteriores. Los teléfonos de gente de España no sirven de mucho, así que yo hablé con el casero para poner su teléfono en el c.v. y ahora le pueden llamar para que diga que soy una persona muy buena (O al menos eso espero).
 
Aquí dejo un enlace para hacerte un buen c.v. y webs de búsqueda de trabajo en el Reino Unido como Gumtree (en esta puedes buscar hasta casa, es muy famosa aquí) o Eures (Una web de la unión europea).
 
Cuando finalizas cualquier formulario online, no te extrañe que te pregunten si tienes algo pendiente con la ley y, si lo tienes, tendrás que decirles el qué y el por qué.

Mi Manchester #013

 

Mi manchester está maduro por unas partes, pero por otras no. Hace un mes, cuando empecé mis andaduras por estas tierras, peladeando duro y lidiando con el idioma cual batalla, todo iba acompasado. Hasta he tenido entrevistas de trabajo. De repente, ves partes que parecían solventadas, pero no, porque me doy cuenta de que aquí también hay funcionarios como en España. (.....) (este es el espacio del adjetivo descalificativo). Mi National Insurance Number no vale.
 
El domingo pasado me llamaron por la tarde para mi primera entrevista. Repito. El domingo por la tarde. El tipo me impresionó porque me habló con tal sutileza y decoro que si hubiera estado delante le hubiera besado. Me explicó con lentitud todo lo relacionado al trabajo y cuándo tenía que ir, así que marqué el jueves con una gran equis. ¡La primera entrevista de trabajo en el extranjero!. Para Kitchen porter, o lo que viene a ser un friegaplatos. A pesar de eso, mi adrenalina estaba por las nubes.
 
El lunes fue apoteósico. Segunda llamada para otra entrevista. Otro hotel, pero esta vez como Housekeeper (limpia habitaciones). Me enviaron un email explicando los detalles y que iba a ser en grupo. Creo que es la primera vez que hago algo así.
 
Me esperaba una semana más que interesante. Como eran mis primeras entrevistas quedé con mi amigo Patrick, el british, para ensayar supuestas preguntas y prepararme las respuestas. Todo bien. Él me insistía que mi inglés era suficiente para hablar con ellos, que confiara en mí. Todo bien, pero salió el tema del “suit”. ¿Debería llevar traje? Las entrevistas eran para limpiar habitaciones, pero quién sabe.
 
Al día siguiente me vestí con mi ropa más adecuada, camisa recién planchada, jersey y pantalón, bastante informal. Estaba más nervioso por cómo irían vestidos el resto, que por la entrevista. Era como una primera cita (qué pensarán de mí). Salí de casa repansado mis respuestas y de camino al autobús me enteré de que llevaba la bragueta bajada. Me dije, así, marcando estilo. Eso sí que era una buena primera impresión.
 
Cuando vi al resto de candidatos, me quedé más tranquilo, yo era el más elegante (De verdad). Éramos ocho candidatos y todos extranjeros. La primera actividad fue describirnos en pocas líneas, quiénes éramos, nuestra familia, nuestros hobbies y nuestros intereses (el mío, mejorar inglés, claro). Después vino la entrevista personal donde me dijeron que tenía buen inglés, por lo que los nervios se fueron de paseo y, cuando salí del hotel, no cabía la sonrisa en mi cara.
 
Por la tarde sentí que había puesto toda mi energía en esa primera entrevista y al día siguiente tenía otra. Me levanté cansado, no dormí bien y no tenía fuerzas. Me quedé mirando la foto que tengo de mis sobrinos en el móvil para ver si me levantaba un poco el ánimo. Sentí un pequeño respiro con los recuerdos y me fui a por todas.
 
De nuevo en un hotel, me perdí por el camino y casi llego tarde. Fue mucho más informal. Como era para asistente de cocinero la hizo el propio cocinero (?). Le faltó sacarme unas aceitunas, que hubiera sido un detalle. Muy simpático, pero tenía un acento cerrado que me costó entenderle que si no tenía certificado de alimentos, como que era difícil que me aceptaran. Este bajón se cubrió con la llamada para dos entrevistas más (que explicaré otro día).
 
El remate ha sido enterarme de que necesito solicitar el National Insurance Number (os recuerdo que este número es esencial para empezar a trabajar aquí). Cuando me dieron el número, el funcionario del jobcenter me dijo que era temporal porque estaba importando mi paro, pero que no necesitaba hacer nada más. Tres semanas después, un compañero suyo le contradice y me dice que llame de nuevo para solicitar dicho número. (.....) (este es el espacio del adjetivo descalificativo).

Mi Manchester #012

 

 

Cuando llegué a Madrid hace seis años, apenas conocía a gente, se podían contar con una mano. Hace poco menos de un mes que me fui y puedo decir que he dejado una casa, amigos a puñados, como quien dice, hice una nueva familia.
 
Dejar atrás tu ciudad de nacimiento, tu familia y amigos, a quienes conoces de toda la vida, es muy complicado. Es una de las razones por las que a veces te lo piensas dos veces. Si preguntas a una persona, ¿por qué no te vas a buscarte la vida a otro lado? La mayoría dirá porque tiene la familia al lado, los amigos... Pensar en empezar de cero es (ahora que no me escucha nadie puedo decirlo) jodido.
 
Empezar de cero. Coger la maleta, presentarte al otro lado del mundo con tus ahorros y tus maletas es una decisión difícil. Después, cuando llegas al destino, te das cuenta de que no has sido el único. Es como quien escala una colina, ilusionado por plantar su bandera, y al llegar a la cima hay montones de banderas clavadas allí (y riéndose de ti, claro). En definitiva, uno se quiebra la cabeza por algo que al final, no es para tanto.
 
Una vez que este hecho, el del traslado, se vuelve fútil, solo queda pensar en cómo empezar de cero. Cómo se crea esa gran familia que tuve en Madrid. De momento, aquí mi nueva familia comenzó por amigos de amigos, quienes a su vez me presentaron a más amigos... ¿Sabéis dónde? Sí, en fiestas. He aquí mi primera fiesta en Manchester. Aurora es la protagonista. Ella conoce a una amiga mía de Madrid y como los dos vivimos en estos lares, la pinta no podía tardar.
 
Quedé con ella en Pidadilly, el corazón de la ciudad. Era sábado y el ambiente fiestero se notaba en las hiperarregladas inglesitas que, a pesar del frío, metieron sus cuerpos poco estilizados en faldas estrechas, embutiendo la carne cual mortadela, con el fin de que los inglesitos, ebrios de cerveza ale, les silben o les digan improperios en su inglés inteligible.
 
Estuve tomando un par de pintas con Aurora y después me invitó a dos planes que tenía ella para aquella noche. La mejor oportunidad de conocer gente. Por lo que hice el esfuerzo de seguir tomando cerveza en otros lados y, ya de paso, conocer a sus amigos.
 
La primera fiesta era bastante atípica. Nos movimos en autobús a un punto indeterminado de Manchester para ir a una recolecta que hacía un equipo de baloncesto femenino, en el que jugaba una amiga suya. Cinco libras era la entrada (la donación), después fueron dos libras la pinta y el ambiente no tenía precio. La reunión para tal objetivo era en una enorme casa victoriana donde convirtieron el salón en una pista de baile con barra de bar y billares. Había un gran abanico de edades entre el pequeño público que asistió al evento y la música parecía sacada de una discoteca de Ibiza. Bailamos un rato para hacer bulto y nos fuimos tan pronto como pudimos.
 
A la segunda fiesta llegamos en un taxi privado. Están los típicos taxis (cab) negros, misma marca y mismo color, y luego está la opción de este otro servicio, que según dicen es más barato. Poco más.
 
Esta fiesta era la despedida de una chica que se volvía a España. Allí me la presentaron y allí me despedí de ella. Tal cual. Llegamos algo tarde y ya había algún descarriado con el alcohol, pero en general, la mayoría españoles, se estaban portando bien. Entre sidra y sidra (quise comprar cerveza, pero me equivoqué) conocí a muchos españoles y a todos les hice las mismas preguntas: ¿cuánto tiempo llevas? ¿qué tal te va? No pude evitar el bajón que me dio al escuchar cada uno de sus inicios, pero, a su vez, todos y cada una de las personas me dijeron lo mismo: si aguantas, merece la pena.
 
Nos fuimos a casa cada uno por nuestro camino, lloviznaba (como en las buenas películas) y me tuve que refugiar en mi abrigo, encogido por el frío, eché a andar esquivando charcos y pensé que, quizás, también yo pueda decir lo mismo a alguien dentro de un tiempo. Quizás, también haga una nueva familia en esta ciudad.

 

Mi Manchester#011

 

Ni soy supersticioso ni mucho menos me gustan los talismanes. Tampoco me gusta llevar cadenas, ni pulseras, ni nada por el estilo. No llevo fotos en papel. No llevo nada que no sea útil y use en el día a día. Todo lo que hay en mis maletas es ropa y el ordenador. Excepto el banderín del Real Valladolid.

Cuando llegué al piso que me alquiló Super Z, hice un avistamiento rápido de lo que era un lugar de estudiantes. Baño. Cocina. Para los que no me conozcan he de explicar que soy maniático del orden y de la limpieza. Creo que no llego a ser enfermizo ni obsesionado como Monica Geller en Friends, pero casi.

Hasta que conseguí lejía, ir al baño se convertía en un trabajo de pintor. Empapelaba todo con cuidado de no manchar nada. Esa era la idea y el objetivo: que yo no manchara con mi cuerpo nada de lo que tocara. No al revés. Porque si lo haces con la idea de que el propio baño no te toque a ti, al final la ley de Murphy se cumple. Así que el viaje astral que hice los primeros días fue como el de los astronautas en el Apolo XXIII.

Las mentes más cinéfilas también pueden recordar la película Trainspotting donde hay una escena en la que el protagonista entra en “el peor baño de toda Escocia”, pero tampoco fue para tanto. El apartamento tiene dos años y es posible que les visitara la señora lejía una vez ¿cada mes? No lo sé, pero por si acaso hice las presentaciones oportunas (aquí es “nice to meet you”) entre la señora lejía y el baño.

Después vino la cocina. La escena no fue muy dramática, excepto que parecía el suelo de una discoteca a las seis de la mañana. Todo fue correcto y la señora lejía hizo migas enseguida con la cocina hasta que abrí el frigorífico (momento de grito de mujer histérica).

Tuve una bofetada de olor a gato muerto. El ambiente era tan espeso que se palpaba. Si hubiera respirado aquel hedor un segundo más, hubiera empezado a tener visiones al otro lado de la nevera (como en los desiertos). Quizás Super Z me hubiera encontrado tirado en el suelo, ahogado en mi propio vómito de las náuseas... (qué bien me ha quedado el párrafo, pero tampoco fue para tanto).

No miento si digo que había tres cajas de leche que andaban de un lado a otro como auténticos zombis sin saber adónde ir, por lo que les acogí en mis brazos y les indiqué el camino del contenedor. Junto a otros envases que llevaban dando tumbos desde hacía más de un mes que habían caducado.

Después de todo ese calvario uno intena descansar, plantar el culo, moverlo de un lado a otro y hacer su sitio, pero no me dio tiempo, ya que llegó Super Z para darme la noticia de desalojo. Ahí me di cuenta de por qué no había funcionado aquel lugar.

Al abrir la maleta para empaquetar todo vi mi banderín del Pucela. El mismo que me había acompañado en mi vida desde que me lo regaló mi abuelo. Estuvo en mi cuarto de Valladolid y después en los de Madrid. Siempre había sido la ceremonia de apertura. La botella de champán descorchada. Antes de colocar los calcetines en el cajón, el banderín era lo primero.

Así que nada más llegar a esta nueva casa, he abierto la maleta y he colgado el banderín, que uno no es supersticioso, pero por si acaso.

Mi Manchester #010

 

 

Ayer vino el chico que me alquiló la habitación (que a partir de ahora le llamaré Z para resumir) justo cuando me estaba haciendo la comida (coliflor y pescado, sano-sano) y me dijo que tenía que abandonar la casa, como si fuese un concursante de Gran Hermano.
 
Z me había alquilado su habitación hasta junio, pero el contrato que él había firmado con la agencia vencía este mismo sábado. Desconozco el interés que tenía Z para conservar la habitación, pero así lo quiso y por eso me la alquiló a mí. Pero sin avisar a la agencia.
 
El resultado es sencillo. Si Z hubiera firmado otro contrato para continuar, a mí me hubiera subarrendado la habitación sin problemas, pero no lo hizo, por lo que la agencia le pidió la llave esta misma semana.
 
Después de la escena del primer párrafo, apenas comí (con la buena pinta que tenía el pescado...). Estaba nervioso e histérico como una colegiala tras darse cuenta de que estudiar durante toda la noche justo antes del examen no sirve para nada (bueno, más o menos). Como un loco mandé mil mensajes y lo anuncié a los cuatro vientos que me quedaba en la calle al día siguiente.
 
Y aquí viene la maravillosa respuesta de mis amigos españoles que conozco de un día: “te vienes a mi casa” (Aurora te debo una cerveza por evitar que mi úlcera creciera más en ese momento). Después me pasaron más teléfonos para alquilar algo, empecé a relajarme y me acordé de Miliki.
 
Entonces me llegó el mensaje de Z: “Esta tarde te recojo con mi flamante cochazo tecnología alemana con multivalvulas y mil quinientos caballos en cada rueda. Te llevo a ver tres casas donde puedes entrar a la voz de ya”. Z se convirtió en ese momento en Super Z al rescate.
 
Sin duda, la respuesta de, ya, Super Z ante la cagada anterior superó todas mis expectativas. Aún así mi mente estaba aturdida. En el piso anterior me había hecho un hueco, como el que tiene Homer en su sillón. En poco tiempo uno coge sus manías, se sabe el camino y conoce las distancias a la que está de los sitios. Me gustan los cambios, pero no de ese modo.
 
Las casas me impactaron y todas tenían alguna pega, pero finalmente me decidí por la compañía de unos italianos. Después de limpiar hasta la extenuación el cuarto acabo de plantar mi culo y estoy moviéndolo de un lado a otro para ir haciendo el hueco donde espero reposar durante un tiempo largo.
 
Justo antes de venir, rodeado de mis dos maletas, pude comer con tranquilidad mi pescado con coliflor, que tampoco estaba tan bueno como esperaba.

 

 

Mi Manchester #009

Durante este mes en manchester se celebra el 17th Spanish & Latin American Film Festival organizado, entre otros, por el Instituto Cervantes y las proyecciones son en el Cornerhouse. Un edificio de cuatro plantas situado entre Oxdford St. y Withworth St.
 
Nada más entrar, de frente, te encuentras con las taquillas del cine (Para este festival, en sesión normal tan solo cuestan 7,50 libras, ejem). A la derecha de la entrada está una librería especializada en cine, vanguardia y titiriteros. Es muy pequeña, así que tampoco puedes ir buscando algo muy específico. También venden un montón de postales y tarjetas de felicitaciones (¿?). Si nada más entrar evitas la tienda y la taquilla y sigues recto, te encuentras con el bar, donde te ponen un cafe late con una figurita dibujada en la espuma de la leche. (Ideal de la muerte).
 
Subiendo las escaleras, en el primer piso hay otro bar (donde desconozco si ponen figuritas en el café); en la segunda planta está un chaval en un escritorio haciendo que trabaja junto a múltiples folletos, que te mira y te sonríe amablemente. A la derecha está la sala de exposiciones (Estos días está la de un artista Colombiano de la que voy a omitir mi opinión). Al igual que las que vi en la tercera y cuarta planta, donde fue muy cómodo verlas porque no me molestó ni un alma. Tras este interesante periplo por el Cornerhouse, un edificio que da buen rollo, muy gafapastero, me acerqué a otro local de similitudes características que estaba cerca: El Greenroom (Withworth St.).
 
Hace poco me puse en contacto con el organizador del Kinofilm, un festival de cortometrajes de esta ciudad, con la intención de conocer gente del mundillo y me propuso vernos en una muestra de trabajos que los proyectaban en el Greenroom. Por lo que allá que me fui.
 
Era muy consciente donde me metía y no me decepcionó en absoluto. Para empezar, la muestra de cortometrajes costaba cinco libras (En España he llegado a pagar como mucho 3 euros y ya me estaba quejando). Pregunté a la mujer de la taquilla si conocían a John, el organizador del evento, y la mujer no tenía ni idea de quién era. A su vez, ella preguntó a otra chica, muy mona y requetepintada, pero tampoco le conocía. Por lo que con las mismas me fui al bar del garito donde me tomé un cafe late por dos libras (¡y sin figurita!).
 
El Greenroom también destila ese ambiente vanguardista del Cornerhouse. Te sientes un artista entre bambalinas paseando por esos muros de colores, con las señalizaciones de las salas proyectadas en la pared, los precios del bar escritos en un espejo, en definitiva, buen rollito. Mientras esperaba a que abriesen las puertas, eché un vistazo a la programación y me percaté de que aquello se iba a alargar hasta las doce. (¡Y yo qué pensé que los ingleses se acostaban a las nueve!).
 
El bar se llenó de cortometrajistas, actores y algún técnico, a cada cual más esperpéntico. Por un momento me sentí rodeado de Warhols por todas partes. John apareció junto a un hombre cincuentón, vestido de negro, con una cresta y la cara echa jirones, no demacrada, sino que daba la impresión de que la vida le había curtido. Como estaba tan ocupado yendo de un lado a otro no le molesté hasta el descanso de la muestra.
 
La sesión constaba de seis cortometrajes y después de la proyección de cada uno había una charla con los “creadores” y el encargado de hacerles las preguntas era, ¡tachán!: el punki viejuno. Si ya de por sí, las pintas de estrella de rock las tenía (luego me enteré de que era músico), al hablar dejó bien claro que no se había aburrido en su vida. Tenía una voz rota como la de Sabina, pero en inglés. En este link les podéis ver en plena acción.
 
Tampoco me voy a entretener en deshilvanar todos los cortometrajes, ya que de seis valían la pena dos. Lo más interesante de la situación en la que me encontraba era la master class de inglés que estaba teniendo. Ya adelanto que no me enteré de nada. N-a-d-a. De los cortometrajes sí, porque, aunque eran malos, de las cuatro palabras que cazas al vuelo y la visión del mismo, acabas entendiendo la historia, pero de las entrevistas y charlas con el público no. Cuando todos se reían por alguna broma, yo les seguía, por no hacer el feo (ante todo educación).
 
No sé si fue la oleada de inglés que tuve, la frustracción del momento o la soledad con la que me encontraba que cuando quise hablar con John apenas pude enlazar dos frases con coherencia. Para colmo me presentó al Punki que lo único que le entendí es que le había entusiasmado la película española Biutiful.
 
Para exprimir las cinco libras de la entrada, me quedé a la segunda parte del evento y, como me sentía tan espeso esa noche, cuando terminaron las proyecciones le dije a John que “nice to meet you”, pero que seguíamos en contacto por email.

Mi Manchester #008

 

Hoy voy a ponerme serio y voy a hablar de algo importante: El inglés gallego.
 
Hace años escuché por primera vez un single de Miliki con la canciones de los payasos. Fue tan famoso que hasta sacaron tiempo después el dvd y más merchandising. Entremedias de cada canción hablaba Miliki al público infantil y en una ocasión soltaba algo así como “¡qué bonita es la vida! Repetid conmigo niños: ¡Qué bonita es la vida!" ...mm... Después de unos cuantos años de vida laboral he de decir que, si pillo a Miliki por banda, le diría cuatro palabras.
 
El otro día me aburría (mientras espero a la segunda cita con el jobcenter), porque el paro es lo que tiene, que te aburres y piensas y tienes un run-run en la cabeza que no para y decidí echar un vistazo a las webs de búsqueda de trabajo, que es una larga lista, hasta el infinito y más allá. Antes de llegar a Manchester, ya tenía unas cuantas anotadas, pero como el ansia me posee, apunté todas las que encuentraba. Incluso en el Consulado Español me dieron unas hojas con más webs, por si no tenía suficientes.

Aún así, me lo voy a tomar con calma. No obstante, me registré en varias webs y envié unos cuantos currículum. Por probar. ¡Y me llamaron! Claro que me llamaron. De un Call center que necesitaban a un candidato que supiera español, pero también un inglés fluido. No hubo más llamadas ni mensajes, como era de esperar, así que respiré hondo y me fui a hacer la comida.
 
Por la tarde tuve un encuentro con españoles que no conocía de nada (Pau va por ti). Cuando te encuentras a miles de kilómetros de tu familia y de tus amigos de toda la vida, cualquier gesto de amistad es bienvenido y esa tarde lo tuve. También estaba entre nosotros un british, así que la conversación en general fue en inglés (siempre está bien tener una clase de conversation y listening con una cerveza entre las manos).
 
Quizás sea esta la mejor manera de aprender inglés, invitando a pintas a los british (seguro que sale más caro que la academia).
 
Al margen de reflexionar sobre la economía mundial (nada trascendental), salió el tema de los acentos ingleses y españoles. Toni, un chico del grupo, había trabajado en Arizona, U.S.A., y cuando llegó a tierras inglesas no le entendía ni dios. El propio chico inglés nos comentaba que también se encuentra con similar tesitura en su país. ¿Qué voy a contar de España que no se sepa? Dado que el inglés de aquí es norteño, con un acento particular, voy a acuñar el título y lo definiré como si fuese un inglés a lo gallego.
 
Después de "la mini búsqueda" de trabajo y las pintas de la tarde, que al fin y al cabo fue lo mejor del día, reflexioné sobre la canción de Miliki y, quizás, debería de matizar su mensaje y decir a los niños algo así como “¡Qué bonita es la vida, a veces!”.

 

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Mi Manchester #007

Esta mañana tenía cita en el Jobcenter, que es el INEM británico, pero ni mucho menos se acerca al tipo de local que vemos en España.

Para empezar, el Jobcenter da buen rollo. Los carteles verdes, la enorme sala con multitud de gente trabajando y lo mejor de todo: cuando entras, hay varias personas esperándote a ti. Te hacen sentir importante. Hay dos o tres hombres de pie en el hall con unas camisas blancas recién planchadas, con la misma corbata, que te sonríen y te preguntan si tienes cita. Son la viva imagen de los Pet Shop Boys. Rubios, pelo rapado, ojos claros e, incluso, algunos con un mini pendiente. Parece que llevan consigo un micrófono, pero no, es el walkie. En definitiva, el Jobcenter da buen rollo.

Al otro lado estamos los parados, feos y con sueño que anhelan ser como ellos, es decir, cantantes de un grupo de pop que trabajan en el Jobcenter. En mi caso, que soy moreno y con los ojos marrones, no encajo, pero no descarto en un futuro hacerme un teñido o algo similar.

Mi cita, de nuevo, fue con intérprete. Esta vez estaba cara a cara con la trabajadora social y me pasó un teléfono donde estaba la traductora (ella cogió otro auricular). La imagen es curiosa cuanto menos. Esta vez no me tocó ninguna brasileña y la mujer hablaba español a la perfección. Pero la cita era errónea. Se confirmó que la brasileña y yo no nos habíamos entendido. Ellos creían que iba a solicitar la ayuda británica y yo necesito importar la ayuda española, así que me tuvo que dar otra cita (ya que la mujer que me atendía no llevaba este caso) y me han dado para el próximo lunes. ¡Una semana!. La burocracia me repatea.

Después había quedado con un auténtico british para dialogar en ambos idiomas (el intercambio). El hombre no habla mucho español, pero mi inglés tampoco es para lanzar cohetes, así que a lo largo del mes espero mejorar algo más junto a él. Hasta que me decida ir a alguna academia.

Por otra parte, hace poco recibimos una carta en el apartamento que exigían el pago por el uso de la televisión. Más que un aviso era una amenaza: o pagas o te las verás con la justicia. Al parecer, el chico que vivía en mi habitación, hacía uso de esta máquina endiablada y no apoquinaba la tasa ¿mensual?. Desconozco el precio que hay que pagar, pero es curioso al menos.

 


Mi Manchester #006

 

El Metroshuttle no es el metro de Manchester, pero sí algo extraordinario. Un autobus gratuito que recorre el centro de la ciudad. Hay tres líneas que empiezan a las 7AM y terminan a las 7PM. Podéis descargar el mapa y toda la información al respecto en el link.
 
En cuanto al resto de autobuses sé que hay dos compañías (a nivel nacional también funcionan): Stagecoach y Fingland que recorren la ciudad. Dentro de la compañía Stagecoach existen unos autobuses que se llaman Magicbus (nº 142,143). Se recorren toda la ruta de universidades por Oxdford St. (al sur de Manchester) y están hasta las 02.00AM.  Hay un ticket semanal que se llama megarider (suena a videoconsola) que cuesta 11 libras y te sirve para los autobuses de dicha compañía. Esta explicación me la dio Rod (el chico de información) y me dijo que el billete megarider era el más económico. ¡44 libras al mes!
 
Mi experiencia ha sido algo confusa. Solo he comprado billetes de ida (single ticket) y hay que decirle al señor conductor a dónde te diriges. Cuando fui al centro me costó 1,20, pero a la vuelta, como no sabía cómo explicarle donde me iba a bajar, le dije que iba a la universidad (no muy lejos de donde al final me bajé) y me costó 0,80. El sablazo me vino cuando cogí un autobús (desconozco la compañía), en otra calle y le dije que iba al centro. Me costó ¡1,80! el billete de solo ida.
 
El tranvía también es otra opción, recorre la ciudad de una punta a otra, aunque depende de la zona donde vivas, porque ni mucho menos pasa por todos los barrios.
Cuando tenga más información, la pondré porque no lo tengo muy claro.

 

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